28 jul. 2007

Psicópata

Cuando se despertó, una única idea pasó por su mente: Hoy mataría a alguien.

Sí, sin ninguna duda, hoy alguien moriría en sus manos y no le iba a temblar el pulso.

Se incorporó sobre el blanco sucio de la cama e inspiró profundamente hasta que el denso aire viciado de su sudor le llenó los pulmones. Sonrió y se levantó.

Aún desnudo, salió de su habitación planeando su nuevo crimen. ¿Quién sería su próxima víctima? Se preguntó mientras se lavaba la cara en el baño. ¿Tal vez el señor Rodríguez, con ese diminuto e insidioso perro que tanto molestaba a los vecinos? Ciertamente el señor Rodríguez lo merecía, aunque sólo fuera por culpa de su perrito. ¿O quizá sería mejor acabar con la ayudante del farmacéutico, la joven Sandrita, y con esas voluptuosas curvas que tantos en el barrio habían probado?

Se puso unos vaqueros gastados y una camiseta deshilachada y recordó a Lourdes, la dueña de la tienda de ropa y sus miradas despectivas. Imaginó su cara de horror ante un atracador, o mejor, ante un violador. Sí, morir en un callejón, medio-desnuda, con su bonita ropa desgarrada y empapada en sangre… sí… eso se merecía.

Aún así, mientras se preparaba el desayuno, vio una muerte en cada una de las últimas gotas de café que cayeron a su vaso. Plic, una gota. Rufino, el joven y virgen cajero del supermercado, recibiendo un navajazo en el cuello… Plic, otra gota. María y Luis, el matrimonio del 5º B, estrellándose violentamente con el coche a causa de un sabotaje de los frenos. Plic. Don Ramiro, el librero, entrando en su establecimiento y saltando poco después por los aires cuando su librería fuese devastada por la bomba. Plic…

Mientras el café se deslizaba por su garganta, acompañado por algunos bocados de su tostada, el hombre no podía dejar de sonreír. ¿A quién podía matar? Quizás a Carlitos, el pequeño hijo de los Martínez. Sí. Podría sorprenderlo con el coche, mientras el crío jugaba al balón por la calle. Sólo sería cuestión de pisar el acelerador, sentir el golpe y escapar a toda velocidad. Nadie lo vería y el podría seguir a lo suyo.

Pensó en la anciana Palmira, la vieja chismosa. Con suerte quizá bastaría con un susto. Un susto y su débil corazón estallaría como un globo. Palmira… ha muerto… Mientras se lavaba los dientes trató de vocalizar la frase. Le causó gracia cómo la espuma de la pasta de dientes le hacía parecer un perro rabioso…

La simple imagen del bull-dog le bastó para traer a la mente a Juan Francisco, el camionero celoso que engañaba a su mujer con doña Purita, la regia maestra de escuela que tanto y tan bien se desmelenaba en la intimidad.

Sería una buena jugada, pensó, entrar en la casa de la profesora y pegarle un tiro a cada uno mientras fornicaban como perros. Luego lo arreglaría todo para que pareciera que había sido la mujer de Juan Francisco. Sería un crimen perfecto.

Regresó a su habitación. Ya había decidido quién moriría.

Con una sonrisa, el escritor se sentó ante el ordenador y continuó con su novela…

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23 jul. 2007

In girum imus nocte et consumimur igni (Paranoia nº4)

Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego. Si lamo la almohada mi lengua se cuartea de sal y sudor. Yazgo tirado como siempre, a tu lado, sonriendo y satisfecho. Una mariposa perdida (¿Qué coño pinta una mariposa en mi habitación? Joder, mi reino por una Browning 9 mm y una mica de puntería) revolotea por encima de mi cuerpo. Un saxo roto maúlla un jazz melancólico, mientras dos hadas, a la luz de un neón, se masturban mutuamente en mi mesita. Oh, perfecto, estoy soñando. No estás aquí y posiblemente ahora me sobren músculos para parecerme a la sombra que soy de 10 a 10, cuando despierto y de nuevo me encuentro encerrado en lo que soy. Pues vale.

Pienso en levantarme y que la mañana me golpee en la cabeza con la realidad, como siempre, pero también pienso que les pueden dar un poquito por culo a todos. Quiero dormir. ¿Tan difícil es de comprender? Sólo quiero dormir la mona un par de días, o de meses, y no tener que abrir los ojos para encontrarme que tú no estás y que lo único que me queda es una resaca de la hostia y un par de canciones de Extremoduro que pude salvar de la hoguera.

En fin… pitiditos. A pitiditos me hace abrir los ojos el despertador de mi reloj de pulsera. Cuando de verdad me levante tendré que recuperarlo de los pies de la pared donde lo he estampado. Que se joda. Que se jodan. Que les den mucho por culo. Que yo sólo quiero soñar con tu piel. Y con que tú y yo demos vueltas en la noche, yo aquí en mi casa, desnudo y erecto, y tú en tu tierra de té a las cinco en punto y de bandera blaugrana (como el Levante y el Barça. Para ti los culés, ya lo sabes), y nos consumamos en el fuego de esta puta distancia.

En fin, toca levantarse y poner algo de música para despejarse. Al azar, a ver quién suena. Joaquín Sabina. Joder. Perfecta música para despertarse, no te jode. “Puedo ponerme cursi y decir…” Toma, y yo. Pero no me sale de los huevos.

Me vuelvo a la cama a dar vueltas y ser consumido por el fuego. Ya Vendrán Def Con Dos y Boikot a sacarme de la cama.



PD: Ah, el título es un palíndromo en latín que significa "Damos vueltas en la noche y somos consumidos por el fuego", por si no había quedado claro...

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13 jul. 2007

Este verano tan inglés

Entre lágrimas de las que, si preguntas, no he llorado,
destilo gotas de tinta que me enseñan a escribir
arabescos de alma en jaque en tableros desolados,
donde antes alfil blanco, ahora reina gris.


Mis palabras se acurrucan en la nana de tu ausencia
donde los besos marchitan la huella de tu colchón
y sollozan cada noche a la Luna de Valencia
suplicando plata falsa a este sordo corazón.


en mis alas grabé a fuego mi condición de humano
y buscándote en caricias que no saben perder
peregrino entre la niebla que me empaña este verano
tan frío, tan absurdo, tan extraño, tan inglés.

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7 jul. 2007

El Toto Zaugg

El asfalto es un río de acero y el Toto, un náufrago a la deriva. La noche se encapricha de la ciudad, devorándola por completo, y los faroles rotos no son más que soldados caídos bajo el peso de este oscuro y gélido cielo sin estrellas. Los termómetros intentan reducir el intenso frío de la calle a unos números sin alma, desmaquillados de la sensación helada que se clava en los huesos, de los dientes que castañetean o del inevitable estornudo. El Toto, como todos, sabe que el frío es más que un número pegado al cero.


El Toto Zaugg escucha cómo silba el viento y mira cómo los perros callejeros tratan de encontrar un sitio donde las bajísimas temperaturas no puedan encontrarlos. Gotas de la escarcha de la madrugada se desprenden de la última hoja de la vencida rama de un naranjo. Al caer al suelo, se rompen como la gota de agua que soñaron ser cuando escaparon del hielo que las creó. Estallan en una miríada de diminutos puntitos arcoíris que acaban también por derramarse sobre el embaldosado de la calle, dejando como todo recuerdo de su existencia, un diminuto círculo sobre los baldosines de la acera. El Toto sacude la cabeza y sigue caminando, mientras la gente pasa a su lado con gruesos abrigos que los protegen.


Pero la gente mira al Toto Zaugg y éste les sonríe y, por un momento, parece que no hace tanto frío y que los termómetros, queriéndolo reducir todo a un mísero número, se han equivocado. El Toto nunca tiene frío, dicen; viéndolo caminar por las calles con su camiseta de tirantes, que es tan blanca como pueda serlo la noche más oscura.


Y es que el Toto lleva la misma ropa en verano y en invierno, llueve o nieve, esté nublado o el sol haga hervir los cristales de la ciudad como el agua de un puchero. El Toto vive con su eterna camisa de tirantes y no dice nada del frío, como no dice nada de ninguna otra cosa. Total. No tiene a nadie que le escuche.


Poca gente le pregunta al Toto, excepto cuando llega el invierno, y las lunas de hielo enfrían la ciudad hasta que se ve la nieve allá lejos, en las montañas. Entonces, de vez en cuando, alguien se acerca al Toto y con una sonrisa que no aparecía en verano, cuando el Toto era sólo un sucio vagabundo más, le pregunta:

- Pero Toto… ¿No tienes frío?

Cuando se lo preguntan, el Toto sonríe y sigue caminando sin decir nada.

- El Toto no tiene frío.- dicen sus vecinos.


Él no dice nada. Frío tiene. Lo que no tiene es un abrigo.





Desde el punto de vista de sus vecinos del pueblo de Cardona,
el Toto Zaugg, que andaba con la misma ropa en verano y en invierno,
era un hombre admirable:
-El Toto nunca tiene frío-decían
Èl no decía nada, frío tenía, lo que no tenía era un abrigo.

Eduardo Galeano

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5 jul. 2007

Entre luna y luna llena

Algo para desentumecer las rimas, que las tenía abandonadas:


Entre luna y luna llena naufragan las estrellas

Entre pecho y espalda tengo un amanecer

Anoche encerramos al sol en la botella

Sucia y oxidada del debe y el haber


La noche se derrite en bosques de aventura

Los edificios se acribillan con balas de alquitrán

En la última curva en obras derrapan las figuras

De los santos de mármol que enseñan a besar


Quise escribirte versos de seda blanquinegra

enhebrando hilo de oro en la aguja de coser

Y vieron los faroles borrachos de ginebra

Bordados nuestros nombres en el blanco de un papel


La Luna recitaba los besos que nos dimos

El asfalto alfombraba un camino hacia el ayer

Así que acariciando nuestras alas, las abrimos

Para volar sobre el olvido, que vestía de mujer.

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