24 ago 2010

Pasado

Las saetas de mi reloj
no saben nadar contracorriente.
Tal vez sea que envejezco
más rápido de lo que crecí,
montado en veinte aviones de papel
recordando marcha atrás.

Aprendí a jugar, como aprenden todos,
luchando contra molinos sin viento ni alma,
abordando los barcos de la lluvia
que empapaba los rosales,
y soñando que marcaba el dos a uno
en el minuto noventa y tres.

Y me olvidé de jugar, como olvidan todos,
perdiendo la espada,
quemando las naves,
atajando mis propios disparos,
y dejando que el tiempo cubriera de arena
las esquina de mis sueños más valientes.

Sigo despertándome entre los pechos de la noche,
eso es cierto,
e incluso algunas veces tengo hambre,
y vuelvo a sentirme niño de nuevo.

Sólo que esta vez es de mentira,
y nadie queda para jugar conmigo.

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