Un rumor inmarcesible
late entre los bordes de la bruma
por encima del tictac de los relojes
pero sin desahogarse
del mar enarbolado del silencio.
Recuento los soles
sin atreverme a escupir una palabra
ahorrándome las voces y la bilis
para que un solo grito
devaste los imperios y montañas,
reviente mis pulmones, mis dientes y garganta,
hasta que nada quede,
hasta que todo arruine.
No le ruego ya piedad a la lluvia
pues de mí se extienden las raíces
para convertirme en esa estatua
que resista incólume los temblores.
Quizá vengan con ruido de trompetas
cuando ya no pueda escucharlos.
Hago inventario y nada me queda
que pueda marchitarse ni pudrirse,
todo en mí aguantará el paso de las eras
Y, al mismo tiempo,
sin embargo,
noto que me voy disolviendo
en los márgenes del tiempo.
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