Me he escondido dentro de mí
para que no me encuentre la rabia
ni los silencios que me acechan
consigan arrancarme un grito.
Cada día que pasa
voy hundiéndome un poco más
porque la ira crece
con luces imposibles
que no dejan un rastro de sombra
y me empuja,
y me expulsa,
hasta que ya solo puedo sentirme seguro
en la negrura ingrávida del fondo.
Quisiera hundirme sin alejarme
pero jamás he sabido calcular las sensaciones
porque con ellas dos más dos
no son siempre cuatro,
a veces tres,
a veces cinco,
a veces más de seis millones.
Quisiera hundirme sin alejarme
porque cuando los cometas hayan pasado
y el mundo recupere sus colores,
sus formas y sentidos,
el sol arriba en lo alto
y las sombras detrás de los cipreses,
necesitaré una mano que me salve.
Ahora, hoy, en este momento,
solo comprendo la ausencia de manos
y me acuno miserablemente
en el hueco de dos en concreto.
Sigo cayendo,
huyendo de la furia,
porque no la conozco y me da miedo,
no sé de lo que es capaz.
Temo,
quizá,
encontrármela de frente y descubrir
que tiene mi cuerpo, mi sangre,
y las manos que me faltan.
Temo,
en fin,
conocer,
que siempre ha sido mía.
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